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Madre Esperanza Ayerbe de la Cruz 

Co-fundadora de la Congregación de Misioneras Agustinas Recoletas. Ver vídeo

 

CAMINO A LA SANTIDAD

Madre Esperanza Ayerbe de la Cruz

Un poco de historia y plegaria para alcanzar de ella favores y/o milagros.

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TESTIMONIO DE UNA JOVEN DE LA JAR 

 

Hoy pensaba en qué significaba tener “un buen amigo” y llegué a la conclusión de que se trata de alguien que me quiere, que me da una mano, que quiere lo mejor para mi, alguien a quien quiero, alguien en quién confío, que se preocupa por mí y siempre busca cuidarme.  Pero… saben que yo cuento con una amistad mucho más especial que ésta. ¡Yo tengo un amigo que a mí, al igual que a cada uno de ustedes, ama todo el tiempo y de manera incondicional! A pesar de lo que hagamos y de cómo nos estemos sintiendo este amigo está… Este amigo del que les hablo es Jesús.

 

¡Ustedes saben que a Jesús lo empecé a conocer hace mucho tiempo, aprendí un montón de cosas sobre Él… pero recién hace unos pocos años me di cuenta de que él es “mi mejor amigo”, “mi amigo especial”! 

 

Resulta que cuando yo tenía la edad de ustedes más o menos, en el Colegio al que yo iba empezó una nueva compañera… De a poco fui sabiendo sobre ella, y juntas, año a año empezamos a compartir un montón de cosas como seguramente a ustedes les pasa, compartir recreos, salidas, paseos, cumples, viajes etc., y un día ella me invitó a participar de un grupo de jóvenes que se reunía en la parroquia, y fue así que incentivada por su entusiasmo decidí acompañarla y compartir las reuniones de Acción Católica. Ahí conocí más gente todavía, chicos y chicas que además de compartir salidas, paseos y cumples, compartían una amistad especial, una amistad con un amor especial. Era una amistad centrada en Jesús. Hacíamos juegos, rezábamos juntos, íbamos a misa juntos… de pronto empecé a encontrar a Jesús en cada una de las personas de ese grupo. Pero también fue muy especial para mí compartir esa experiencia con esa amiga de la que les hablaba hoy, porque empezamos a vivir una amistad más profunda. Porque ya no sólo compartíamos el día a día sino que había alguien que nos unía. ¡A medida que nosotras crecíamos, nuestra amistad también lo hacía!

 

Cuando faltaban unas semanas para terminar el secundario, mi amiga me separa en un recreo y me dice que tenía que contarme algo muy importante. ¡Imposible borrar ese momento de mis recuerdos! Resulta que ella sentía tanto amor por Jesús que se dio cuenta que deseaba con todo su corazón poner su vida a su servicio. Ella sentía que siendo una hermana misionera podía celebrar día a día su Amistad Especial con Jesús. 

 

¡Qué feliz me puse por ser partícipe de su decisión, de acompañarla! ¡Estaba muy feliz por ella!… Pero había un detalle… nada pequeño… ella tenía que irse a vivir a otro país, a otros países, tal vez muy lejanos… Esa noticia fue la que despertó el egoísmo en mi corazón. Yo no quería compartir su amistad con otras personas porque creía que yéndose lejos nuestra amistad iba a llegar a su fin.

 

Pero Dios es sabio, ese egoísmo del que les hablaba de a poco se empezó a transformar en curiosidad por querer vivir mi propia amistad especial con Jesús…

 

Poco a poco empecé a hablar más con Él, sólo con Él. Sentía la necesidad de compartir con Jesús mis secretos más preciados, mis sentimientos más íntimos y reservados. Así empezamos a formar una amistad intima, justo desde el momento que le abrí mi corazón porque entendí que nunca se aleja de mí, que a veces es uno el que está confundido y se deja llevar por cosas que no tienen sentido. 

Les sigo contando, después de que mi amiga se fue de Santa Fe rumbo a Brasil, poco a poco empecé a compartir experiencias muy especiales con a ella, muchas de estas experiencias fueron compartidas a través de llamadas telefónicas, de e-mails, de mensajes de textos. Pocas y sumamente inolvidables fueron las que compartimos estando juntas físicamente.

 

Hasta que llegó el día en que la fui a visitar a Buenos Aires, ya cuatro años después de aquella charla en el recreo del colegio… compartí un fin de semana, tan sólo tres días. Yo estaba dispuesta a ser su sombra, a vivir cada momento como ella lo vivía, porque quería acercarme más a mi amigo Jesús. Fue así que una vez más, como en aquel grupo de Acción Católica, conocí gente muy especial, otras hermanas misioneras, familias en un barrio en el que misionaba, niños a los que les enseñaba a tocar la guitarra. Pensaba: ¡Qué linda vida tiene mi amiga! ¡Cuántas cosas difíciles ve y cuánta fuerza y amor le regala su amigo Jesús a través de esas personas que pone en su camino!... Resulta que cuando volví a Santa Fe volví llena de amor. Volví sintiendo que mi amiga, a pesar de la distancia, ¡estaba tan cerca de mí! 

 

Fue cuando descubrí que Jesús fue quien me condujo a esa nueva aventura, me estaba enseñando que conmigo también quería tener una amistad compartida. Me enseña día a día que en la gente que me rodea también puedo encontrarlo, puedo sentirlo a través de los gestos de los demás, puedo encontrar palabras de aliento, fuertes abrazos llenos del amor de Dios, o incluso ejemplos de vida. ¡Hoy, en todos ustedes yo encuentro a Jesús!

 

A veces estamos rodeados de personas muy distintas a nosotros, incluso cuando hablamos de nuestros amigos hay diferencias... Por eso nuestro amigo especial espera que nos tratemos con mucho respeto; que nos hablemos con franqueza sin lastimar al otro…; que seamos generosos, no porque nos hiciéramos regalos, sino porque en cada cosa que compartimos con los demás demos todo de nosotros mismos; espera que aceptemos a pesar de los errores; y que siempre pongamos en funcionamiento nuestra imaginación para llenar de diversión y espontaneidad cada momento compartido. 

 

Hoy mi amiga, esa que es  instrumento de Dios,  está viviendo en Buenos Aires, esperando para irse a otro país a vivir su amistad con Jesús amando y ayudando a su prójimo. Y yo desde acá la acompaño incondicional, agradeciéndole a nuestro amigo en común por los 16 años de amistad, por cada experiencia compartida, por cada una de las personas que conocí  través de ella.

 

¡Chicos! ¡Qué amigo tan especial e incondicional tenemos y compartimos en Jesús! Yo sé que él conoce cada uno de nuestros errores y aún así nos quiere tal como somos. Ve todas nuestras debilidades y nunca se da por vencido, siempre pone delante nuestro nuevas experiencias y personas que nos ayudan a crecer y a ser felices. 

 

Saber que Jesús es mi gran amigo fiel, que a él puedo abrir por completo mi corazón, mostrarle lo que me da felicidad y también tristeza me consuela mucho. Porque si Jesús me acompaña sé que nada ni nadie me va a poder hacer daño o hacer que yo sea una persona triste. ¡Hoy puedo decirles que estoy plenamente feliz por haber conocido a Jesús, a su amistad, enseñanzas y a todas aquellas personas que día a día me ayudan a estar cerca suyo! Porque en Jesús encontré un hermoso tesoro y me propuse que cada paso que dé en mi vida va a ser para cuidarlo, para cuidar mi “amistad intima” con Jesús.

 

¡Abran sus corazones!

 

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