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Madre Esperanza Ayerbe de la Cruz 

Co-fundadora de la Congregación de Misioneras Agustinas Recoletas. Ver vídeo

 

CAMINO A LA SANTIDAD

Madre Esperanza Ayerbe de la Cruz

Un poco de historia y plegaria para alcanzar de ella favores y/o milagros.

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En la vida diaria jugamos muy fácilmente con dos palabras que se enlazan y, sin embargo, es necesario valorar su prioridad. Dicho de otra manera: ¿qué es antes: alegrar o vivir en fiesta? Lo que a primera vista parece una tontería tiene su singularidad propia en el ámbito de la fe cristiana: la Resurrección del Señor nos da una alegría grande y tan total que es una fuerza para vivir en constante fiesta, o sea, como en una vida nueva.

 

Acostumbrados como estamos siempre a pisar tierra y la dificultad  que tenemos para alzar la vista, hoy, en Pascua de Resurrección, emerge una invitación a todas luces única y vital: si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de allá arriba, donde está Cristo a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra (Colosenses 3, 1). Cuando se medita con fe en esta gran verdad, estamos viviendo y celebrando la Pascua de Resurrección del Señor, vivimos y celebramos el DÍA, este el Día que hizo el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo (salmo 117). De ahí ¿qué se deduce? Que la contradicción más grande está en que nos deseamos una Feliz Pascua sin recordar, o sin creer, que el Domingo de Resurrección, y desde ahí, todos los domingos, son un nuevo inicio del misterio: el primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro, cuando todavía era oscuro”(Juan 20, 1).

 

¿Cómo  creer y celebrar la Pascua? Creer en Cristo Resucitado no es solamente creer en algo que sucedió al muerto Jesús. Es saber escuchar desde el fondo de nuestro ser: no tengáis miedo, soy yo, el que vive. Estaba muerto, pero ahora  estoy vivo por los siglos de los siglos (Apocalipsis 1, 17- 18). Es la gran invitación a vivir una vida nueva, ya que gozar en la fe el Paso del Señor es sentir en el corazón la bendición de Dios que nos llena de amor. Pascua es la novedad que llega a la humanidad cargada de fe y de ilusión: “Soy YO” es el saludo del Resucitado que debe entrar en el alma como llamada a vivir de manera diferente: vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que, según las Escrituras, Jesús debía resucitar de entre los muertos (Juan 20, 9). 

 

¿Cómo hoy actualizar en nosotros este misterio? El Resucitado está con nosotros y en nosotros para siempre. Por ello, podemos decir en la oración colecta: Señor Dios, que en este día nos has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concédenos, al celebrar la solemnidad de la resurrección, que, renacidos  por el Espíritu, vivamos en la esperanza de nuestra resurrección futura. Al fin y al cabo, es un dejar penetrar en el corazón las palabras de Cristo: Tened paz en mí. En el mundo tendréis tribulaciones, pero, ánimo, yo vencido al mundo (Juan 16, 33). La resurrección no es un hecho del pasado, algo que sucedió al muerto Jesús después de ser ejecutado en las afueras de Jerusalén. Los cristianos no podemos olvidar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a un artículo del credo. Creer en el Resucitado es creer que, ahora, Cristo está vivo, lleno de fuerza  y creatividad, impulsando nuestra vida hacia su definitivo destino y liberando a la humanidad de caer en la destrucción de la muerte: sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, la muerte ya no tiene dominio sobre él... Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús Señor Nuestro (Romanos 6, 10- 11).

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      

Cuando dirigimos a Dios la oración de las ofrendas en la Eucaristía: rebosantes de gozo pascual, celebramos, Señor, estos sacramentos en los que tan maravillosamente ha renacido, y se alimenta tu Iglesia, es bueno cuestionarnos por qué pierde actualidad la Pascua. Recordamos que anoche, en la Vigilia Pascual, formulamos una afirmación continuada en la fe cantando “Esta es la luz de Cristo”, renovamos las promesas del Bautismo, repetimos con ilusión el Aleluia, todo fue como un grito glorioso, llevaba el sello del Espíritu que marca una suave brisa y una nueva dirección en la vida. ¿Por qué, más adelante, en el devenir de la vida corriente, a los cristianos no nos afecta y apasiona la Resurrección? Un clima de vida rutinaria, de mero cumplimiento nos aleja de un Dios que, aún resucitado, queda en la lejanía y, por eso, no “buscamos las cosas del cielo”.

 

La sociedad actual es un campo abierto a los contactos provisionales, las imágenes y las voces que se ven y se oyen, pero luego pasan inmediatamente porque otros contactos nuevos entran en juego a la vez que se vive un ambiente de poco fuste. Si no hay contacto vital con Cristo, como alguien que está vivo y da vida, Jesús queda siendo un personaje  del pasado al que se puede admirar, pero que no hace arder los corazones; su evangelio se reduce a “letra muerta”, sabida y desgastada, que ya no hace vivir. La resurrección de Jesús es la manifestación del amor poderoso de Dios, que nos salva del pecado y de la muerte. Celebrar la resurrección es abrirnos a la energía vivificadora  de Dios. El verdadero enemigo de la vida no es el sufrimiento sino la tristeza y Dios nos ha creado para poder disfrutar lo mejor de la existencia: el amor; así la resurrección  puede ser fuente y estímulo de gracia.

 

La experiencia cristiana primera consistía en que los discípulos se dejan atrapar, fascinar y transformar por el Resucitado. Y desde ahí surge la verdadera fe, esa necesaria audacia para expresar en verdad lo que se cree. Admitamos que el testimonio de nuestra fe no tiene mucha fuerza ni tampoco expresión cálida de la alegría de quien está renovado y vivificado dentro. Decir la palabra “resucitar” es llegar al amor de Cristo que ama, que perdona, que ofrece su vida como fraternidad. Los cristianos tenemos hoy una llamada particular para que el milagro de la nueva vida en nosotros se traduzca en convicción de fe y obras para que los demás sientan y experimenten que es posible una vida llena de Dios hasta el punto de poder decir que todo en Cristo  desborda: el amor, la gracia y la sabiduría, un verdadero derroche. En Él se abrieron las compuertas del cielo: En una fecha de tan singular relevancia, felicitemos a Cristo y felicitémonos a nosotros. A Cristo en primer lugar, porque ha conquistado el trofeo de la cruz como botín arrebatado a los enemigos, porque a él,  tras luchar en una dura batalla y humillarse en un servicio impecable, Dios, árbitro supremo, le ha concedido la gloria de la inmortalidad y la soberanía universal sobre todo lo creado, como él mismo, no exento de razón, aseguraba: <Se me han dado plenos poderes en el cielo y en la tierra>. ¡Qué glorioso, qué resplandeciente se levanta hoy, victorioso, desde los abismos! ¡Qué novedoso y admirable aspecto ha ofrecido en su carne a los habitantes del cielo! Se ofrece a la contemplación del universo una criatura tan nueva en la carne, como jamás ha sido contemplada desde siempre en el mundo.

 

En cuanto a nosotros, debemos, sobre todo, felicitarnos porque vemos ya la imagen de nuestra resurrección futura, y contemplamos en Cristo el modelo de nuestra esperada glorificación (santo Tomás de Villanueva en Conción 160, Domingo de Resurrección

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