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Madre Esperanza Ayerbe de la Cruz 

Co-fundadora de la Congregación de Misioneras Agustinas Recoletas. Ver vídeo

 

CAMINO A LA SANTIDAD

Madre Esperanza Ayerbe de la Cruz

Un poco de historia y plegaria para alcanzar de ella favores y/o milagros.

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I ¿Monja de Clausura y Misionera?

Nació en el pueblo de la Zubia, provincia de Granada, el 9 de diciembre de 1905. Muy pequeña, conociendo y visitando a su tía Dolores, religiosa Clarisa, quería ser como ella, y la meta que le propusieron fue ésta: “Cuando alcances a abrir y cerrar la ventana de aquel lugar de tu casa”, -que era bastante alta-. Así pasaron los días de su niñez, jugando a ser monja y probando cada día a ver si ya alcanzaba la ventana.

Cumplidos los quince años, va con su padre una vez más, a visitar a su tía monja. Le expresa su deseo de ser religiosa Clarisa, pero en ese momento no era posible porque no había dote disponible. Entonces, ¿dónde me quiere Dios? Se preguntaba. Era claro, Dios no la tenía para Clarisa.

Días después, fue su madre a Cájar, pueblo cercano a La Zubia. Allí se encuentra con doña Francisca y ésta le pregunta sobre su familia. La respuesta fue: “Todos estamos bien, únicamente la hija mayor parece estar loca, y nos va a volver locos a todos, pues quiere entrar en un convento de clausura y yo no cuento con los medios para pagarle la dote ni para hacer los gastos que en tales casos suelen hacerse”. Y responde llena de alegría doña Francisca: “Precisamente, tengo yo no sé cuántos avisos de la Madre Ana, mi cuñada, para que le busque una joven que tenga buena salud y buena voz. ¿Tiene estas dos cosas su hija?” Ante la respuesta positiva, al día siguiente ya estaban visitando a las Agustinas  Recoletas, y fijando la fecha de su entrada.

A pesar de su gran deseo de entregarse a Dios, no le fue fácil dejar su familia. Veía sufrir a su padre a quien mucho amaba, y dejar a sus hermanitas, sobre todo a su querida Lola, le partía el corazón. Lola tenía solo 6 años y había estado tan enferma, que parecía iba a dejar este mundo. Había ayudado a cuidarla como si también fuera su madre.

Llegado el día, al despedirse de su padre, este le dijo: “María, si en el convento no te encuentras bien, tu padre y tu casa te esperan, no seas monja a la fuerza”. Se abrazaron. Al oírlo sollozar, ella sale de la habitación. Parecía que le arrancaban el alma. Luego, arrodillada junto a su madre, como era su costumbre, rezan antes de salir, a la Sma. Trinidad.

Fue así como Dios la llevó al convento del Corpus Christi, de Agustinas Recoletas en Granada.

En la puerta del convento, le dice su madre: “Anda, entra María, y que seas santa, hija mía”. Su madre la santiguó como cuando era pequeña y con un “Dios te bendiga”, la soltó de la mano. Un paso adelante y ya se encontraba en el deseado convento. Era el día de los santos inocentes. Las hermanas jóvenes aprovecharon para vestirla de novicia y gastarle bromas a las hermanas mayores. Todo se convirtió en risas y jolgorio.

Al día siguiente comienza la vida normal: rezo de las horas litúrgicas, santa misa, oficios varios,  refecciones, recreación. Le parecía estar en el cielo, pero a la vez, el recuerdo de sus seres queridos, le traía lágrimas. Por este motivo, junto con la enfermedad que le apareció en las manos, -sabañones cancerosos- y según ella, por su carácter, algo raro e independiente, le retrasaron el paso al noviciado; pero Dios que conocía su corazón, la hizo salir adelante y llegó por fin, ese deseado momento.

Desde ese día, comenzó a experimentar una indecible alegría. Todas las cosas le sobraban, Dios llenaba su corazón. Sus deseos de penitencia se vieron muchas veces truncados por la obediencia y aprendió que ésta era más agradable a Dios. En esta tónica llegó su profesión y luego los votos solemnes. Ya nada ni nadie la sacaría de su querido convento, del rincón donde Dios la había colocado.

Era feliz, hasta que un día, un agustino recoleto venido de China, Monseñor Francisco Javier Ochoa, siembra la inquietud entre la comunidad. Dios tocaba las puertas para invitarlas a la misión. Y vino la lucha entre el amor a su convento y sus hermanas y el amor a la misión. Triunfó el segundo y…escribió su ofrecimiento. Fue grande su sorpresa, al darse cuenta de que era una de las escogidas. Dolor y alegría. Era el 29 de enero de 1931. Nuevamente a dejarlo todo: convento querido, hermanas queridas, su “querida celdica” y su amada familia. Adiós, hasta que nos veamos en el cielo. Tenía 25 años.

La acompañó en esta aventura, su hermana del alma, sor Carmela. En Madrid, con la madre Esperanza, junto con Monseñor Ochoa se preparan para dejar lo conocido, para ir a salvar a los hermanos Chinos. Llegan a Monteagudo, se hospedan en Tulebras, pueblo cercano, donde las madres Bernardas. La lucha hizo resentir fuertemente su salud,  pero gracias al cuidado de estas queridas hermanas, mejoró. El Señor la ayudó a salir vencedora una vez más. Emprenden así el viaje hacia la querida nación China.

Continúa…

 

Este escrito es un resumen del lbro de la madre María Ángeles García, titulado "Una misionera agustina recoleta en China", hecho por la hermana Elsa Gómez. La foto con la familia Castaño es la primera vez que sale, fué enviada por Alejandro Archila Castaño.

 

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