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Madre Esperanza Ayerbe de la Cruz 

Co-fundadora de la Congregación de Misioneras Agustinas Recoletas. Ver vídeo

 

CAMINO A LA SANTIDAD

Madre Esperanza Ayerbe de la Cruz

Un poco de historia y plegaria para alcanzar de ella favores y/o milagros.

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Siempre que me piden compartir la historia de mi vocación, me pregunto ¿Cuál es la forma de compartir un sinfín de situaciones diarias y sencillas en unas cuantas líneas? Mi respuesta es, no lo sé, pero lo intentaré. 

Comienzo por decirte que hace más de diez años inició esta historia que sigue su curso, como toda estudiante de la ESO, viví  muchas alegrías en compañía de mis amigas y amigos, aunque en el último año (soy mexicana, y en ese país son tres años de ESO y tres de Bachiller) estuve un poco enferma, nada que el tiempo no haya solucionado. Me llamaba la atención el cómo vivía una profesora del colegio, pero no, no, ella no era monja, pero la forma de ver las cosas era distinta. Aunque pertenezco a una familia creyente y practicante sobre todo por parte de mi madre. Pues bien llegó un momento en que le comenté a mi madre que quería ser monja, pero su respuesta fue que mejor siguiera estudiando. En el bachiller, entré a los grupos de la legión de María y el Movimiento de Jornadas de Vida Cristiana, no me desligaba de la Iglesia.

Pero al llegar a la universidad me olvidé de todo, hasta el punto de negar mi  creencia en Dios. El estudio, las fiestas, la disco, las salidas, las amistades y otras cosas me alejaron de la Iglesia y más adelante de mi familia. Según yo, la suerte estaba de mi lado, todo me iba muy bien, sin haber terminado los estudios me dieron unas horas como profesora,  más adelante a los 22 años tenía trabajo fijo como profesora de bachillerato y de ESO. Al mismo tiempo conseguí otro trabajo en una empresa de publicidad, allí ganaba el triple, todo iba a mejor, pero aquí comenzó mi ruptura con la Iglesia y casi pierdo a mi familia. La empresa de publicidad pertenecía  a un amigo que hasta el día de hoy es militante de alto grado en la masonería: En dos años todo pasó muy rápido, me deje llevar por el conocimiento, la lectura de libros, todo en función del intelecto y para ese tiempo quedé fascinada, dentro de la milicia había corrido con suerte y “con influencias”. Durante ese periodo ascendí muy rápido, fue allí donde me dediqué a trabaje en contra de la Iglesia, escribí en varias revistas y por la radio con críticas, también lo hice por el periódico ya que trabaja para esos medios. Me dediqué a mal gastar todo lo que ganaba. Sin embargo, llegó un momento en que no podía hacer lo que me pedían, es como cuando en lo más profundo de tu corazón existe alguien que llevas desde siempre, y sientes que lo pierdes todo y te traicionas a ti misma si renuncias a lo único que realmente te queda. Tarde me di cuenta del enorme vacío en que vivía, sin poder nacer, nada tenía ni principio ni fin. Al negarme a hacer lo que me pedían, me advirtieron lo que pasaría; mi familia estaba en peligro. En cualquier parte estaba vigilada, sólo Dios sabe cómo renuncié al trabajo de la publicidad, arriesgando todo. Me quedó el trabajo de la radio, el periódico y las clases.

En el colegio donde trabajaba estaba de directora una escolapia, que con una gran sensibilidad, percibió mis preocupaciones, sin contarle nada de mi vida, fue creando en mi un estado de consciencia que había perdido, me hizo consciente del amor de Dios, de su perdón, me dio tanta confianza que le confié todo lo que me sucedía y su respuesta fue “Déjate llevar por el Espíritu”. ¡Vaya!  Dije la primera vez. Llegado el año 2000, año de jubileo, mi madre cansada de ver cómo me perdía, pero con la fe de los que todo se lo dejan a Dios, me pidió que le acompañara a la Catedral, recuerdo que fui con poca gana, antes de llegar al sitio eran calles enteras llenas de personas que acudían al mismo lugar, con alegría con júbilo, mientras tanto en lo profundo algo se movía, no podía  entenderlo y la verdad hasta ahora no le he puesto nombre, pero sucedió. Antes de pasar por la puerta del perdón, las piernas me temblaban, ancianos, jóvenes, niños, enfermos todos iban por el mismo lado. Todavía recuerdo unas palabras “Él lo perdona todo”, entre tanta gente nunca supe quién lo dijo, lo cierto es que pasé por la puerta del perdón y la primera imagen que vi fue la Virgen María, que en ese año presidia la puerta del perdón. Se me vino todo abajo, estaba desarmada, sin nada.

Ese año, a sabiendas que me perseguían no tuve más miedo, ahora buscaba otra cosa, la escolapia seguía diciéndome lo de siempre, hasta que le comenté cómo me sentía, que ahora cobraba sentido mis pasos, algo había pasado, no, no es arte de magia, ni algo fantástico, sino real, lo que te devuelve la vida, el sentido, la dignidad, lo que te hace ver realmente y reconocer lo que has hecho mal, pero con la esperanza de transformar la vida si tú quieres.

Durante un año me acompañó esta religiosa y finalmente me invitó a unos ejercicios espirituales en otra provincia, allí conocí a la que sería mi promotora vocacional. Lo cierto es que recibí otra invitación a un encuentro vocacional en 15 días, fuera de la ciudad en la que vivía. Asistí, y una de ellas compartió su testimonio, mientras todas escuchaban, yo estaba sin poder parar de llorar, sus palabras las llevo todavía en mi vida, “Yo invito a esas jóvenes que viajan sin sentido, a que viajen con sentido, con una causa, sin miedo, con valentía, por Jesucristo.” Al regresar a la casa de mi madre le confesé todo lo me había pasado que quería ser monja. Dejé el trabajo del periódico, de la radio y me quedé sólo con las clases, nada me parecía que valiera tanto la pena, mi vida cobraba sentido. Y aunque ya había buscado en otras congregaciones, mi proceso lo llevaron las Misioneras Agustinas Recoletas, la congregación a la que pertenezco.

Son muchas situaciones que no menciono, como las mediaciones de Dios en las personas, de situaciones, con las que te va hablando cada día, diciéndote soy yo, todos los días pasa en nosotros, en una palabra, aprendí  que nada es casualidad; el que vive, ama  y permanece y transforma la vida si tu quieres, Él sigue llamando, desde lo más sencillo y natural, te lo recuerdo “Si tu quieres”.

 

Hna. Luisa Ortiz. 

Misionera Agustina Recoleta

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