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Vicariato apostólico de Puyo

En la Selva Amazónica ecuatoriana

Venir a Ecuador, tener una experiencia tan rica y no compartirla en este tiempo cercano a la Navidad, es como ver la luz y esconderla para que a nadie ilumine.

Invitada por las hermanas Josefa Ariza y Rocío Victoria fuimos hasta la selva de la amazonía ecuatoriana, concretamente al vicariato apostólico de Puyo, donde monseñor Rafael Cob, un burgalés de una pieza, nos esperaba.

A 4 horas, aproximadamente de Quito, fuimos recorriendo el paisaje, hasta adentrarnos en la selva, donde se abre un mundo maravilloso creado por Dios, virgen y desafiante, ante la exuberancia de su follaje. Montañas, cascadas, verdor por donde quiera hicieron del recorrido algo inaudito y sorprendente.

Al llegar a Puyo, sede del vicariato (donde monseñor tiene una compleja edificación para el cuidado, formación y atención a sus misioneros, religiosos, laicos y sacerdotes, anexo a la catedral y al centro de salud, radio, entre otras cosas), supimos que  nos esperaba selva adentro, en una de las poblaciones de su jurisdicción, de la etnia Quichua, pobladores autóctonos, limpios de toda contaminación.

Hasta allí nos fuimos, atravesando una carretera de 20 kms. que nos parecieron 60, debido a lo inhóspito de su relieve.

Llegando al lugar, ya terminaba monseñor de inaugurar una capilla para los indígenas, construida en madera, con el aporte de alguna donación y la ayuda de los pobladores del lugar.

Nos invitaron a almorzar y ¡¡madre mía!! aunque nos ofrecieron lo mejor que tenían, hicimos el esfuerzo de comer algo para hacer aprecio y tomar de sus bebedizos del mismo recipiente que tomaban todos.

Compartir esta experiencia, y saber además que el obispo nos espera para cuando queramos fundar, todavía selva más adentro, en varios lugares, me llena de emoción.

Basta recordar a nuestros fundadores, mirarnos hacia donde ellos tuvieron agallas de traspasar fronteras, recordar las palabras del papa Francisco de una iglesia en salida donde tantos hermanos nuestros, pobres y necesitados nos esperan, es sentir que el Espíritu del Resucitado está palpable en nuestro corazón misionero.

No queda más que agradecer a mis hermanas esta oportunidad, y a Dios sobre todo, por el testimonio de este obispo incansable, periférico, descentrado de sí, con un corazón increíblemente misionero, donado totalmente al proyecto del Reino, que hace contagiar lo esencial de ser cristiano.

Nieves María Castro Pertíñez. mar

 

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