Madre Esperanza Ayerbe de la Cruz 

Co-fundadora de la Congregación de Misioneras Agustinas Recoletas. Ver vídeo

 

CAMINO A LA SANTIDAD

Madre Esperanza Ayerbe de la Cruz

Un poco de historia y plegaria para alcanzar de ella favores y/o milagros.

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H. Cleusa Carolina

Hermana Cleusa Carolina Rody Coelho

Nació en Cachoeiro de Itapemirim, Estado de Espíritu Santo, Brasil, el 12 de noviembre de 1933. Terminados sus estudios de Magisterio ingresó a nuestra comunidad M.A.R. el 4 de febrero de 1952. Hizo la profesión el 3 de octubre de 1953 y sus votos perpetuos el 3 del mismo mes en el año 1958.

A partir de su opción por la vida consagrada como M.A.R., dedicó su vida a diversos apostolados: enfermera, catequista, profesora, educadora, misionera. Pastoral con menos abandonados y presidiarios, y en especial con los indígenas, leprosos y enfermos y pobres, sobre todo en la misión de Lábrea, Amazonas, Brasil.

Convencida radicalmente de que su vida no era suya sino del Jesús que ella contemplaba y amaba en los más necesitados, dedica su tiempo y su persona a los indígenas, leprosos, ancianos, menores abandonados, encarcelados, enfermos, para quienes “inventa” diferentes maneras de ayuda y promoción.

Participa activamente en las obras de la Iglesia local donde vive, impulsa simultáneamente, a las CEBs (Comunidades Eclesiales de Base) y la promoción humana, tanto en el medio rural como en el urbano.

Apasionada porque Él reine su actitud vital es coherente: oración-misión, vividas en una pobreza radical, en total despojo de cosas, lugares y personas, vive en total disponibilidad para ser enviada a donde la congregación la necesite.
Se juega definitivamente la vida en aras del mayor amor; porque sus hermanos indígenas no sean más oprimidos, conculcados sus derechos y puedan vivir una vida más digna.

A finales de 1982 se ofrece para la pastoral indigenista a nivel de la prefectura apostólica de Lábrea; en 1984 la congregación la exime de toda  otra misión y ella asume este trabajo, como coordinadora de la sub-regional Lábrea-Coarí. Allí, hasta su muerte, vive con humilde tesón y constante creatividad la pasión de su vida: amar y estar junto al más necesitado, al “desecho” de la sociedad, al que sólo se cuenta para ser explotado.

A partir de 1984 la hermana Cleusa se compromete, con todas sus consecuencias, en la defensa de los indígenas de la región, los visita, orienta, evangeliza con respeto de su cultura, los defiende y acompaña cuando sus derechos son conculcados por los poderosos. Estas actitudes van creando hostilidad hacia ella. Surgen amenazas de muerte, primero camufladas, poco a poco descaradamente. Y la van cercando, hasta que el 28 de abril de 1985, las aguas del río Paciá, a unos cuantos kilómetros de Lábrea, y la selva cercana, se enrojecen con la sangre derramada y el amor sacrificado de nuestra hermana Cleusa, por defender a sus hermanos apurona, a sus referidos.

La entonces superiora general de nuestra congregación sintetiza así este hecho: Amó más la vida de sus hermanos que la propia y por eso la mataron. La mataron, sí; pero no le quitaron la vida, porque ya la había donado para que Cristo reinase.

Al viento del Espíritu, el pueblo de Lábrea, sobre todo los indígenas, leprosos, enfermos, presidiarios y niños de la calle, intuyen que de la tumba donde reposa la hermana Cleusa, surge  para ellos esperanza y empiezan a aclamarla como su “Mae”, -su Madre- y a celebrar cada aniversario de su muerte como una “fiesta”. Estos signos, leídos por nuestra congregación, indican la hora de iniciar la causa de su canonización.

En la catedral de Vitoria, ES, Brasil, el día 2 de junio de 1991, se realiza la solmene apertura del proceso. Después de dos años de callados trabajos en los tribunales eclesiásticos erigidos para este proceso en las diócesis de Vitoria, Lábrea, Manaus en Brasil, y en Madrid, España, el 16 de abril de 1993, en la misma catedral de Vitoria se clausura esta primera etapa de la causa. El padre Romualdo Rodrigo O-A-R-. postulador, recibió y llevó  la documentación a la S. Congregación de la Causa de los Santos, en Roma. Allí continúa el estudio, por parte de teólogos y demás consultores vaticanos, de la vida, virtudes y muerte de nuestra hermana, hasta que llegue la hora de Dios en que el papa declare que Cleusa está en el cielo y la inscriba en el catálogo de los que amaron hasta dar la vida propia por los demás.

 

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