 Una vez más nos reunimos la familia agustino-recoleta con esa otra gran familia que es el pueblo de Monteagudo, que acunó la infancia de nuestra congregación y que día tras día, en los acontecimientos felices y también en los dolorosos, siempre está con nosotras y que, por todo ello, la sentimos muy nuestra. Nos convoca el hecho de acompañar a nuestra hermana Resurrección Martínez Martínez en su entrada gozosa a la eternidad, cuando 30 días atrás lo hacíamos con Josefina Burgos, ambas nacidas en este amado pueblo de Monteagudo.
Digámosle como siempre: Resurre. Sus padres Evaristo y Petra, le entregaron al nacer el 27 de marzo de 1921, el don maravilloso de la fe y la herencia de pertenecer, por el bautismo, a nuestra Madre la Iglesia. Su infancia y juventud las vivió entre su familia, amistades y vecinos. Pero Dios, desde el seno materno, la había elegido para vivir siempre en la casa del Dueño de su vida. Así el día 24 de septiembre de 1945, a través de la profesión religiosa en nuestra congregación, dio un sí rotundo, generoso, alegre y juvenil a quien así la sedujo. Y como subió a la misma barca del Maestro, éste la condujo mar adentro, porque entregó su voluntad y su ser total a Dios en una congregación misionera y así, por los confines del mundo aupando compromisos misioneros, marchó primero a Colombia, luego un poco de tiempo a Brasil, vuelve a España y, como un alto entre los caminos del mundo, obedeciendo siempre viaja a Ecuador para regresar, ya definitivamente, a España. Así se rubrica el amor verdadero. ¿Servicios? Todos cuantos se pueden ofrecer en aras de un amor que se encarna en la vida y le señala misiones: profesora, enfermera de niños, procuradora, catequesis. Y una buena temporada superiora en varias comunidades y miembro del equipo colaborador de la superiora general. Todo un abanico de detalles amorosos entregados con especial ternura, ayudada por su carácter alegre y jocoso. Hay un canto que tiene esta letra: “Al atardecer de la vida me examinarán del amor”. Y Resurre terminó, el 13 de agosto de 2008, su labor de consagrada como lo había hecho toda la vida: con gallardía y coraje, aun cuando la última enfermedad la limitó mucho. No obstante desde su silencio forzado en más de una ocasión... sonreía y transmitía paz y contagiaba alegría. Dejamos sus restos mortales junto a nuestras cofundadoras. La Madre Esperanza la recibirá gozosa, Resurre. Y al unísono con el Padre Dios te dirá: Ven, que ha pasado ya el invierno. Entra a gozar para siempre de la posesión del Reino que construiste desde tu frágil humanidad. Que así sea. |