 Hay un personaje conocido en su tiempo y reconocido a lo largo de la historia que inició una nueva vida a partir de una noche de pascua. Era un joven inteligente, inquieto y buscador. Era un amante de la vida y del saber. Era un buen amigo de sus amigos. Era una persona normal, si así se puede catalogar a quien no hacía obras excepcionales, tan solo vivía. Pero esa persona sintió que su vida a pesar de los placeres de los que disfrutaba estaba jalonada por algo o mejor por un Alguien que no lo dejaba en paz y que no dejaba que si existencia siguiera como había sido hasta ese momento. Un joven así… encontró en las Escrituras Santas luz para su caminar: “Nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias”. Rm. 13,13-14 Y desde ese momento se dispuso para recibir a través del agua del Bautismo en Milán, la gracia que Dios le hacía: romper las cadenas que lo mantenían atado. Ese personaje es… Agustín de Hipona. Pero dejemos que sea él mismo quien nos cuente su experiencia:
Rompiste mis cadenas
Confesiones 9,1,1 (Versión de Lucilo Echazarreta)
Señor, gracias porque has roto mis cadenas. Te alaba mi corazón y mi boca; querría deshacerme como una vela en continuo sacrificio de alabanza: todos mis huesos gritan: “¡Qué grande eres, Señor!”.
Por fin mi alma ha reaccionado a tu mensaje, ha dado positivo su electro y ha revivido cuando te ha oído decirle: “Alma, yo soy tu salud”.
¡Qué misericordioso has sido! ¡La de paciencia que te he hecho gastar! He hecho de mi libertad un capricho, he jugado al hijo pródigo libertino e inconsciente, ¡y cómo me ha costado luego sujetar mi cuello a tu yugo suave! ¡Cómo he pataleado al tener que humillar mis hombros bajo tu carga ligera!
Parecía imposible que pudieras cambiarme, pero usaste de tu bondad; me aplicaste tu diestra hurgando en la profundidad de mi herida de muerte, achicaste la podredumbre de mi mal y curaste el flujo de mi corazón.
¡Y qué fácil era, Señor! Todo consistía en no amar lo que amaba yo y en amar lo que amabas tú.
Me transformaste con delicadeza. Tu mano sanadora no me produjo dolor, tienes manos de santo, como médico bueno. Si. El romper con aquellas suavidades frívolas del pecado se me hizo más suave de lo que yo jamás hubiera sospechado.
Tú, mi Dios, verdadera y eterna suavidad ibas purgando mis gustos malsanos e ibas ocupando su terreno entrando a ocupar su hueco. Tú ibas viniendo a mi vida más dulce que todo placer, pero no con dulzura carnal. Tú ibas viniendo a mi vida más claro que toda luz, pero íntimo y hondo como fuego secreto. Tú ibas viniendo a mi vida más sublime que toda grandeza pero ofreciendo tu amistad y tu mano sólo al humilde.
Por fin siento la libertad! ¡Has roto mis cadenas! Siento mi alma libre de los mordiscos de la ambición, libre de la fiebre del dinero, libre del revolcarse en el fuego de los sentidos, libre del prurito de la sensualidad.
¡Por fin siento la dulzura de tu libertad, Señor! Me alma gorjea contigo, Jesús, Como pájaro loco de primavera. Mi alma retoza feliz y canta contigo, Dios mío, claridad mía, salud mía, Señor, Dios mío.
¿Te atreves a dejar romper tus cadenas para gozar de la libertad? Estás a tiempo, es Pascua. Inténtalo y podrás gritar con fuerza: ¡Aleluya! ¡Aleluya! Cristo ha resucitado y por El yo vivo libre y feliz.
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