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Madre Carmela Ruiz Alguacil, Cofundadora de las Mar. 31 de julio de 1909 - 31 de julio de 2009. Vino al mundo el 31 de Julio del año 1909, en Monachil, Granada, España. Sus padres: Nicolás y Encarnación. A los ocho días de nacida fue bautizada en la Iglesia parroquial. ue la quinta de siete hermanos. El día 2 de Febrero de 1925, ingresó al convento del Corpus Christi de Granada. Profesó el 11 de Febrero de 1927. Sale del convento de clausura para la Misión de China el 30 de Enero de 1931. El 2 de Marzo de 1931, en el puerto de Barcelona, abordó con sus compañeras de misión -Ma. Esperanza y Ma. Ángeles- el barco alemán “Fulda” que las llevaría a Filipinas y posteriormente a la Misión de Kweithe fu – China.
El 3 de Enero de 1940, sale de la Misión de China para regresar a España, pues su padre se encuentra muy enfermo y solicita verla. Al no poder regresar a la misión, por el conflicto bélico a nivel mundial y ante el surgir de vocaciones, se van abriendo casas en España y se van dando los primeros pasos para el nacimiento de una nueva congregación al servicio de la Iglesia.
En Julio de 1963 sufrió un infarto cerebral y el 22 de Agosto del mismo año falleció en Monteagudo, Navarra.
“Mujer hecha riesgo”
Ni la edad o enfermedad, fueron impedimento para dar respuesta a un estilo de vida regalado por Dios: al estilo de Agustín y con la fuerza de la Recolección, Carmela Ruiz, Madre Carmela como la llamamos en la congregación, fue una mujer inmersa en su tiempo, sensible hasta para disfrutar de la naturaleza, del baile y de las fiestas como lo manifiesta en su libro, cuando tuvo que salir del convento (Corpus Christi, de Granada) por un año entero a causa de su corta edad “el mundo que de repente se abría a mis ojos, tenía demasiados atractivos. Todo me hacía vibrar de entusiasmo, la naturaleza me encantaba; las montañas de mi pueblo…el canto y el murmullo de los pájaros; la naturaleza me hacía vibrar con todos sus encantos. Mis hermanos mayores ponían una nota de alegría en mi vida y me gustaba acompañarlos cuando asistían a algunas fiestas; la música y el baile me encantaban…”
Pero la fuerza del mundo no fue suficiente para que se olvidara de su convento y el anhelo de entrar en él nuevamente. Y continúa escribiendo “pero en el fondo de mi alma sentía con más fuerza aun la insistente llamada de Dios, se entabló en mi interior la más dura lucha: me atraía el mundo con todos sus atractivos, pero al mismo tiempo, la insistencia de Dios, la certeza de mi vocación religiosa, era un verdadero sufrimiento.”
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