 Una gota de agua mágica Esta era una gota de agua mágica que nunca se evaporaba y siempre viajaba. A veces se metía al mar para vivir la sensación de ser nada; en el éxtasis del agua salada, en la marea alta se extraviaba... Otras veces dulce, daba un brinco a un vaso de agua, para viajar al interior de un sentimiento ajeno que le hablaba. Salía de ahí, convertida en gota de lágrima, otra vez salada. La gota rodaba para salir de casa, subir al cielo, y estallar con la lluvia, directo a la almohada de su ama que siempre lloraba. La gota dulce, la gota de vida, la gota salada... Dispuesta a ser lupa para leer entre líneas lo que pasaba, a ser agua para calmar la sed de los que amaba, a ser un beso, a ser lágrima de quien lloraba, a ser el sudor del más cansado de los hombres, a ser el rocío de la mañana... Charco, río, mar...
Y después de cada viaje la gota exhausta regresaba convertida en lluvia directo a la almohada de su ama que siempre lloraba el dolor de amar y ser amada.
Así dice un poema que escribí hace tiempo. Cuando terminé de escribirlo, pensé que sería mejor que terminase diciendo: “... que siempre lloraba el gozo de amar y ser amada”. Tal vez hubiera convenido hablar de gozo y no de dolor, sin embargo, en el intento de respetar mis sentimientos, dejé el dolor en mi poema.
Cuando conocí a las Misioneras Agustinas Recoletas, por sus siglas MAR, me gustó pensar que ellas son muchas gotas y que juntas hacen la mar. Ahora que pasé un día entero con ellas, con motivo de la Profesión Solemne de Marisol Sandoval Soto, quiero compartir con ustedes un escrito que podría responder a la pregunta de una MAR, si desde el corazón de Jesús una de ellas cuestionase: ¿quién dice la gente que somos las MAR?
No sé que diga la gente, pero sé lo que yo, seglar agustina recoleta que las quiere tanto, puedo decir de ustedes: son mujeres que llevan la vida puesta. Revestidas del mismo Jesús, van y vienen por el mundo, adonde sus superioras las manden, y vayan a donde fueren, son siempre las mismas, genuinas y auténticas mujeres de nuestro Señor.
El tiempo no existe para ellas, más bien, son ellas las que marcan la hora, y todo el tiempo es tiempo libre: libre para amar y servir a quien se les ponga enfrente.
Eso de llevar puesta la vida se dice fácil, pero no es sencillo. Llegar a eso es estar consciente, en todo momento, de que el Maestro está con ellas, y en ellas, estén donde estén. A veces es Jesús es que las sigue en sus descubrimientos y las acompaña a regocijarse en la entrega total al servicio de quien las necesita, y a veces son ellas las que sin haberlo imaginado, de pronto se ven a sí mismas, donde el Señor ha querido llevarlas. Sea como fuere, lo importante es que van con Jesús y por eso ni la distancia, ni el tiempo, ni el espacio la sujetan. Son mujeres trascendentes y lo más difícil: conscientes de su trascendencia.
Nacieron con una llamada a la libertad plena para amar sin límites a todos los que su Esposo ama. Las MAR son mujeres que llevan la vida puesta.
Es fácil que una seglar se dé cuenta de esto, San Pablo ya lo había advertido: la mujer casada se siente dividida entre el servicio que debe prestar a su marido para agradarle y la necesidad y deseo de Dios que ella tiene. Lo dijo ante la incomodidad de muchos, pero lo dijo y es cierto. Benedicto XVI ha dicho que el amor entre hombre y mujer es una promesa jamás cumplida, porque nos asoma a la Eternidad y sin embargo no es. Ese amor perfecto que se nos da a probaditas no llega a su plenitud, sino en Dios. Y sin embargo, el amor humano se agradece como recuerdo y promesa del Principio y Fin al que pertenecemos, del que venimos y para el cual hemos sido creados, además de que, por supuesto, es un caminito dentro del Camino en el que todos vamos, y que si de pronto se vuelve árido, no faltará una ola de Mar que nos reconforte.
Y para no casarlas con mis interpretaciones subjetivas, voy al grano: Ana MAR, Rosario MAR y Sandra MAR, de la comunidad responsable del Jardín de Niños Corazón Inquieto en el Distrito Federal, pasaron mí, a mi casa, a las 6:20 de la mañana. Era sábado 26 de septiembre. Me despedí de mi marido y salí de casa. “Imposible saber la hora del regreso, voy con las MAR”.
Llegamos a la casa de Querétaro y ahí estaban Rocío MAR, Ruth MAR y Carmen MAR. Mientras las maestras de Corazón Inquieto, las aspirantes a MAR y las MAR que habían pasado por mi a la casa, hacía fila para ducharse (porque les han cortado el agua temporalmente por escasez en la Ciudad de México), yo pasé un rato inolvidable escuchando las historias misioneras de Carmen MAR, que está a unos días de irse a España. Ha pasado poco más de tres años en México y como madre, le duele la separación. Se ha encariñado con sus hijos, vecinos y católicos frecuentes a la capilla del Señor de la Amistad. A unos niños y adolescentes les ha revisado las boletas cada año, les ha comprado los útiles y uniformes escolares, les ha animado a seguir estudiando; a las familias las ha cuidado con esmero, animándoles a perseverar en el matrimonio, a sanar las heridas, a cuidarse entre padres e hijos. No es fácil despedirse, y me doy cuenta de ello. Sin embargo, con todo y lo que las despedidas duelen, me dice con fortaleza: “así es nuestra vida. Ya los sabemos. Hoy estamos aquí y después, a donde nos llamen”. Las MAR se organizan en provincias, pero “pertenecemos al lugar de destino, vamos adonde hacemos falta, sea la provincia que sea, y ahí pertenecemos el tiempo que Dios quiera; después, a otra parte”.
Llegó el momento de ir a la fiesta. Marisol pertenece a una familia de diez hermanos. Ella es la séptima. Su casa está casi enfrente de la casa de las MAR. Las conoció cuando llegaron a fundar. Ella tenía quince años y desde entonces, prendada de la vida misionera, se acercaba a la hora de los rezos y cantos: laúdes, vísperas o completas; lo mismo a la hora de cocinar, que de comer, de hacer algún servicio y trabajar. Marisol es hija de la Recolección. Su capilla, la del Señor de la Amistad, la alimentó con el espíritu recoleto desde siempre y llegó el día de convertirse en MAR.
Tras su formación en España, regresó a Querétaro para hacer su profesión perpetua. Familiares, amigos, catequistas y más de doce frailes agustinos recoletos la acompañamos en la celebración. Presidió su fraile favorito: Honorio Calvo. También es de mis predilectos. ¡Claro! Es ultra misionero. Vino desde Chihuahua a un curso y se quedó para recibir los votos de Marisol. La familia agustino recoleta estaba completa. Faltaban las contemplativas que por todos rezan, por eso digo que en la fiesta estábamos todos: frailes, misioneras, seglares y contemplativas; porque ellas, las de clausura, van con nosotros a todas partes aunque la demás gente no lo sepa.
En plena Misa, Fray Honorio pidió a Dios por el padre Miguel Bueno. Justo esa mañana se fue a vivir al Cielo. Si Marisol no lo conoce, yo le cuento: estuvo en mi parroquia, fue un fraile maravilloso, alegre, bueno, santo, radical en el amor, sencillo y espontáneo como un niño, sabio y ortodoxo como un anciano. Pues ese santo padre se fue al cielo dejando en la recolección una nueva misionera: Marisol. Y entre el gozo y el dolor, fui testigo de que Dios sabe lo que hace, unos se van mientras otros llegan, pero jamás nos faltan testigos de Su Amor.
Del templo nos fuimos a la casa de las MAR, de ahí, a la fiesta en una finca. El camino azaroso porque la fuerte lluvia había hecho de la tierra un lodazal muy divertido. Parecía que el tiempo regalaba a Marisol una buena novatada. -¿quieres ser misionera? ¡Aquí te va una prueba!- Ya Fray Honorio en su homilía le había hablado de la importancia de atreverse a entrar allá donde la gente no se atreve: en la vida de los marginados, de los despreciados de la sociedad; le advirtió que tendría que integrar intimidad con Dios y trascendencia. Amar y servir. Le dijo que sin la oración íntima y constante con Dios, no tendría fuerzas para su vida misionera.
El camino enlodado, que dificultaba llegar a la fiesta, fue una probadita de la vida misionera. Sólo en comunidad se pueden vencer obstáculos, sólo con fe se puede llegar, sólo con esperanza en la Fiesta, vale la pena intentar destrabar las llantas de coches y trocas para avanzar; sólo por amor se puede soportar y trascender la dificultad, sólo por amor se puede el camino difícil disfrutar.
Así, en medio de las MAR, los laicos que las acompañábamos, estábamos azorados, atendiendo a nuestros descubrimientos en esta experiencia. Pasamos junto a un autobús lleno de gente intentando llegar a la fiesta y se les oyó gritar a los coches de las MAR: -¡madres, madres, auxilio!- Lo decían jugando, pero en el fondo, siguiendo mi analogía, rescato el grito de la humanidad que gime como con dolores de parto por ver la manifestación de los hijos de Dios: ¡madres, madres, auxilio, ayúdennos a llegar a la Fiesta!
Ya en la fiesta, la gran familia de Marisol, nos obsequió comida, música, bailes regionales, y el gran regalo de ser testigos de una vida que se entrega a Dios y que ya, para siempre, llevará con las MAR la vida puesta en cualquier lugar, cualquier día, a la hora que sea, que con Jesús, la noche es día.
Gracias, queridas hermanas por darme la oportunidad. Me quedó con una consigna: los laicos, también debemos aprender a llevar la vida puesta, y confiar en Dios, sólo Dios, nos librará de esa sensación de tener nuestra vida rota: los hijos en la casa, las noticias en la oficina, el marido en espera de nuestro regreso, los padres asomados a la ventana para vernos llegar... Necesitamos confiar en que Dios se hace cargo de todos y cada uno de nuestros seres queridos y descansar en Él todas nuestras preocupaciones. Su yugo es suave y su carga ligera.
Queridas MAR, sigan con la Vida puesta, revestidas de Jesús es como van a inundar de dicha y paz a los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar.
Su hermana y amiga,
Tere García Ruiz, Agustina Recoleta Seg |