 Las vacaciones de verano, resultan siempre muy saludables y necesarias. Pero es importante también reflexionar sobre el sentido del tiempo de descanso y la vivencia cristiana de nuestras vacaciones, tratando de sacar algunas consideraciones de orden práctico que nos ayuden a aprovecharlas de manera más fructuosa. No viene mal, por tanto, preguntarnos cuál es el sentido que tiene para un cristiano este espacio vital tan considerable. Jesucristo decía a aquellos que absolutizaban el descanso sabático en detrimento de la caridad, que «el sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado; y que el Hijo del hombre también es señor del sábado». De igual modo hemos de afirmar que no podemos vivir para las vacaciones, esto es, hacer del tiempo de descanso un fin en sí mismo, sino que, por el contrario, hemos de convertir nuestro descanso en un medio de santificación y en ocasión de enriquecimiento para uno mismo y para los demás.
Es obvio que la primera finalidad de las vacaciones es recuperar las fuerzas físicas y contribuir al equilibrio mental y psicológico, tan necesario sobre todo después de un prolongado e intenso ritmo de trabajo. Para ello es muy recomendable interrumpir las ocupaciones ordinarias e incluso salir del ambiente en el que se desarrolla nuestra vida cotidiana. Pero para un cristiano existe otra finalidad y una riqueza aún mayor en el descanso. El período de vacaciones es un don que Dios nos da, un talento que debemos hacer rendir, porque el tiempo, todo tiempo, es el medio principal que tenemos para realizar nuestra misión en la tierra. Por eso el descanso no puede ser tiempo de «ocio», entendido como un tiempo vacío de contenidos, como una escapatoria de las propias responsabilidades; sino que debe ser un tiempo de entretenimiento y diversión que facilite también el crecimiento humano y espiritual, el mutuo enriquecimiento con la familia y los amigos; debe ser un tiempo para compartir con los demás, para el servicio y el apostolado. Las vacaciones, por tanto, no son ocasión para vaciarse sino para llenarse. Jesús sabía procurarse también sus tiempos de descanso y, mejor aún, sabía hacer descansar a todos los que estaban a su alrededor. En más de una ocasión sorprendió a sus apóstoles con un cambio de planes para llevárselos a pasar un día de pesca en el lago de Tiberíades; conocía de sobra, como pescadores que eran, su afición por el mar. Le gustaba tener amigos y dedicarles lo mejor de su tiempo y de su persona, como ocurrió en las bodas de Caná (cf. Jn 2,1ss) o en esos frecuentes encuentros con la familia de Pedro en Cafarnaúm donde Él -nos dice el Evangelio- se sentía como «en su casa» (cf. Mc 2,1; 9,33). Sabemos que siempre que podía, en sus viajes a Jerusalén, le gustaba ir a la casa de Marta, María y Lázaro, por quienes sentía una especial amistad (cf. Jn 11,36). En esa casa de Betania solía descansar de las fatigas del camino, se sentía a gusto (cf. Jn 12,1ss.). Pero también dedicaba una buena parte de su tiempo de descanso, incluso robando horas al sueño, para estar largos ratos de oración a solas con su Padre (cf. Lc 6,12). De esa convivencia con Jesús y de ese descanso todos salían enriquecidos. Jesús siempre buscaba dejar una semilla de eternidad, una palabra de luz, una inquietud en el corazón. Incluso era capaz de renunciar a sus momentos de merecido descanso para entregarse a remediar las necesidades materiales y espirituales de las multitudes (cf. Mt 14,13-23) o de cualquier persona con la que se encontraba, ya fuese de noche, como en el caso de Nicodemo (cf. Jn 3) o bien a la hora de comida y bajo un sol abrasador, como sucedió con la samaritana (cf. Jn 4,1-42). Para Él, todo su tiempo, también el de descanso, era tiempo que le había sido donado por el Padre para realizar una misión, tiempo para amar, tiempo para invertirlo procurando el bien de los demás. Termino haciéndome eco de la exhortación que el Papa Juan Pablo II nos hacía al inicio del período de vacaciones hace ya muchos años: «¡no tengáis miedo, queridos hermanos, de abrir vuestro tiempo a Cristo!» (Angelus, 5 de julio de 1998). No tengan miedo, queridos jóvenes y familias, de abrir su tiempo de descanso a Cristo; de convertir sus vacaciones en un tiempo para Dios, tiempo para los demás y tiempo para su enriquecimiento personal y familiar. |