LECTIO DIVINA, MARCOS 3, 20-35: “EL QUE HACE LA VOLUNTAD DE DIOS”

DOMINGO X- TIEMPO ORDINARIO, CICLO B

Marcos 3, 20-35

 

JESÚS NOS INVITA A CONTEMPLAR PARA DECIDIRNOS POR ÉL Y NO AUTOENGAÑARNOS

 

SIGUIENDO LOS PASOS DE LA LECTIO DIVINA:

 

1. LECTURA ATENTA:

leemos y volvemos varias veces sobre el texto. Nos fijamos en las partes que tiene; en su contexto, es decir, de qué hablan los últimos versículos antes de este texto. Nos fijamos en Jesús, en los personajes, en las palabras, en los sentimientos que subyacen.

2. ¿QUÉ DICE EL TEXTO?

A) Los escribas no niegan que Jesús arroje a los espíritus malos, sino que, en lugar de ver en ello la presencia del Espíritu bueno, se inventan una explicación de lo más peregrina: que seguramente es en nombre del jefe de los demonios como Jesús expulsa a los demonios subalternos (v. 22). Para Jesús, esta interpretación equivale a blasfemar contra el Espíritu Santo, negando su presencia en el mundo y negándole la capacidad de reconstruir un mundo nuevo.

B) Después de haber instituido a los Doce (Mc 3, 13-20), Cristo encuentra a su familia (Mc 3, 20-21 y 31-35). La oposición entre los apóstoles y la familia de Jesús es frecuente en los Evangelios, eco sin duda de las querellas que separaron a unos de otros sobre la sucesión del Mesías (cf., además, Jn 7, 2-4; Lc 11, 27-28). De hecho, esta oposición entre los “hermanos de Jesús” y sus “apóstoles” ilustra la cuestión de la fe. Los conciudadanos de Cristo, y especialmente su familia, no comprenden su enseñanza (Lc 4, 25). Ni la vista de los milagros, ni las victorias de Jesús sobre Satanás les hacen cambiar de parecer. Cristo no puede desde entonces más que fundar una nueva familia; la pertenencia a esta es cuestión de libertad y no de lazos naturales, de escucha de la Palabra y no de sentimentalismo.

3. ¿QUÉ ME DICE A MI EL TEXTO?

Interactúo con el texto orándolo, dejando que el Espíritu Santo me anide.

Veo a un Jesús misionero, entregado, solidario; un Jesús que hace presente los signos del Reino sanando integralmente a todos, liberándolos del mal, del poder de Satanás; un Jesús incansable, pero también avasallado por la gente, no teniendo respiro. Es así como manifiesta su pasión por el Reino, por hacer presente la acción salvífica de Dios. Y me pregunto: ¿cómo es mi pasión por el Reino? ¿Cómo permito al Señor que obre en mí? ¿Soy incansable misionera agustina recoleta que anuncia con su vida el mensaje de un Jesús liberador?

Veo unos parientes de Jesús que no entienden los signos del reino, que no tienen fe, y que confunden la acción salvífica de Jesús con una locura a la que hay que atender. A ello la actitud de unos letrados que condenan las acciones de Jesús como propias del diablo. No son capaces de ver los signos de Dios tan presentes y tan actuantes. Entonces yo me pregunto: ¿No pasa conmigo lo mismo? A veces donde hay bien, quiero ver mal; donde hay acciones buenas, veo malas intenciones. Todo fruto de mi egoísmo, envidia, desconfianza…

Y escucho la palabra del Señor:

Por un lado dice: el mayor pecado es contra el Espíritu Santo, cuando no recibo el bien que viene de Dios y que obra en los hermanos y entonces me cierro al arrepentimiento y a la conversión.

Por otro lado me dice: que cuando le escucho a Él y obro el bien que Él quiere hacer en mí, es cuando yo soy su familia verdadera; su hermana verdadera y Él es mi verdadero hermano, y padre, y madre, y mi todo ¿qué más puedo querer?

4. ¿QUÉ ME HACE DECIRLE A DIOS? ¿A QUÉ ME COMPROMETO?

Gracias Señor, siempre nos sorprendes. Siempre trayendo buenas nuevas. Gracias porque has vencido a Satanás. Al hacernos seguidores tuyos nos concedes la gracia de reconocerte en la verdad, en la justicia, en la fraternidad y en el bien que podemos obrar.

No permitas, que nuestra ceguera, confunda la acción de los dos espíritus en nuestra vida. Danos el don del Discernimiento para captar el paso de tu Espíritu y rechazar todo aquello que genere discordia, contrariedad, división y parálisis para actuar según  tu quieres.

Que tu fuerza liberadora acompañe nuestros actos para que seamos anunciadores y anunciadoras de tus signos y de tu Espíritu en medio de nosotros.

Con María, tu madre, maestra de la escucha, aprendemos el camino para hacernos hermanos, sentirnos hijas e hijos amados y libres para amar a fondo perdido sin escandalizarnos de los demás.